Medio año con Violeta

¡Hola Ovejitas!

Como ya habréis visto por mis redes sociales, Violeta ha cumplido seis meses. Es increíble lo rápido que pasa el tiempo. Parece que fue ayer cuando estábamos de camino al hospital para conocer a nuestro bebé y, ¡fijaos, ya ha pasado medio año!

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Estos seis meses, he descubierto un sinfín de cosas sobre mi bebé y, puedo afirmar que, nadie le conoce tan bien como yo.
Aunque suene a tópico, he descubierto otro tipo de amor. Este amor incondicional hace aflorar la parte más dulce de uno mismo, incluso cuando llora. La paciencia es otra de las virtudes que brota en todo su esplendor. Reconozco que, aunque siempre he tenido mucha paciencia con los niños, he tenido que aprender a tener mucha más. También, me noto más serena ante ciertas situaciones e intento sobrellevarlas con naturalidad.
De forma innata, he desarrollado una protección bestial hacia ella. También, he desarrollado un oído ultrasónico. Puedo escuchar a Violeta desde varios metros de distancia. No obstante, en alguna ocasión, mi cabeza ha escuchado llantos donde no los hay.
Otra de las cosas que he aprendido es a perder la vergüenza. Da igual donde me encuentre, si tengo que bailar para que Violeta esté contenta, bailo; si tengo que cantar, canto; si tengo que hacer el mono para que deje de llorar, lo hago. Todo vale por una sonrisa.

Violeta, a sus seis meses, es una niña muy risueña, cariñosa, mimosa y muy cotilla. Le gusta estar al tanto de todo y, sé que me diréis que como todos los bebés y, sí, pero os puedo asegurar que la contorsión que hace de cuello, para mirar lo que sucede a su alrededor, la he visto en pocos bebés.

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Podría seguir escribiendo infinidad de cosas sobre la maternidad y sobre Violeta, pero son las 00:48 y va siendo momento de retirarse.

¡Feliz martes!

 

Un comentario en “Medio año con Violeta

  1. Anónimo dijo:

    ¡Está preciosa!. La veo y la escucho todos los días, me falta cogerla y achucharla, pero aunque está muy lejos, las caricias, besos, abrazos y sonrisas llegan de corazón a corazón. Violeta reconoce mi cara y mi voz en la pantalla, se rie y gorgogea, ahora ya también me habla con sus balbuceos. Nos hemos acostumbrado a querernos en la distancia, sin apenas conocernos. Es una relación interesante muy propia y adaptada a las circunstancias y a los tiempos que vivimos.
    Desde que fui madre por primera vez reconozco en mí la virtud de la “paciencia”. Nuestros hijos nos hacen desarrollarla de forma casi ilimitada. Cuando son bebés por ese llanto que no cesa, esa boquita que no se abre, esos cambios de pañales entre patadas y volteretas…Cuando van creciendo son otros aspectos los que requieren de nuestra paciencia y serenidad. Y cuando son jóvenes maduros, incluso ya padres y madres, seguimos practicando estas virtudes que a veces ya casi se nos hacen defectos de tanto practicarlas. (No, no me ha costado nada criaros, me lo habéis puesto muy fácil; y ahora también es maravilloso)
    Descubrir el amor incondicional, si, eso también es un sentimiento muy interesante que dura para toda la vida. Lo he vivido con mi madre y lo vivo como madre. ¡Caramba, con lo de ser mamá!. Y claro, defendemos nuestra camada como bestias. Hemos oido muchas veces decir eso de “aguanto todo, los embistes que me hacen a mi los perdono; todo, menos que se metan con mis hijos”. ¡Y qué verdad es! No es que se nos cierren los sentidos y nos ceguemos a los defectos de los hijos. Noooo, es que a los hijos los intentamos proteger hasta por encima de ellos mismos, (también a los padres, ¿eh?)
    Durante el embarazo aprendemos a amar, a esperar. La infancia de nuestros hijos es también aprendizaje porque también, después, en cada etapa necesitaremos de toda esa experiencia y amor.
    Claro, que eres quien mejor conoce a Violeta, eres su mamá. Un ser maravilloso, un hada, eres su luz, su espejo, su guia. Eres quien la das de comer, la vistes, la duermes…Eres su seguridad y su apoyo, eres su referencia en su vida. Ser mamá te hace mejor, “es lo mejor”.

    Me encanta ver la mamá que eres, me encanta verte con Violeta en tus brazos, en vuestros quehaceres, en vuestros juegos. Y también a Nacho, que ser papá también es lo mejor en la vida de ellos.
    Sed felices.

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